Tras años de lecturas, uno diría que existen novelas que no se leen: te leen. Madame Vargas Llosa, la nueva pieza narrativa del autor peruano Gustavo Faverón publicada por Fulgencio Pimentel, pertenece a esa estirpe rara y peligrosa. Un artefacto literario que avanza como una fantasmagoría tropical, entre el sertón brasileño, las playas de Río y los vapores amazónicos de Fitzcarraldo, pero también –y sobre todo– entre los restos calcinados de la literatura, la historia y la identidad.
Faverón vuelve a practicar aquí su particular improv-literatura: una escritura que no simula orden sino que se alimenta del desvío, de la digresión, del contagio de voces. Tras el terremoto narrativo de Vivir abajo y la miniatura envenenada de Minimosca, Madame Vargas Llosa se presenta como una nouvelle tatuada en el lado oscuro de la tradición decimonónica y moderna, pero escrita bajo el influjo mutante de Machado de Assis, Clarice Lispector o David Lynch. Aquí, como en el cine de Lynch, la lógica no se rompe: se vuelve sospechosa…

 

Fotografía de Paul Vallejo

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14/02/2026
El periódico Mediterráneo