Cuando falleció Mario Vargas Llosa, Gustavo Faverón escribía «Debe haber sido una vida muy bella, ser Mario Vargas Llosa. Quiero rescatar la aventura, el intelectual de safari permanente, el explorador de la selva, el desierto, la brújula y la biblioteca». El autor de Conversación en La Catedral, a su vez, tampoco ocultó su admiración por su compatriota, a cuya Vivir abajo dedicó también elogiosas palabras en su momento. No resulta extraño, pues, que la nueva novela de Faverón sea un homenaje en toda regla al que podríamos considerar como el más importante entre los escritores peruanos. Tanto en la dedicatoria del inicio, como en el propio título, como en las continuas referencias a su obra y a su persona (¿mentiría si digo que es un personaje?), e incluso replicando por momentos su estilo, si es que algo así es posible.
Pero de lo que no cabe duda es que Madame Vargas Llosa es también y por encima de todo una novela de su autor, que tras su paso por Candaya estrena nueva editorial con Fulgencio Pimentel. Faverón experimenta y se divierte ficcionando la realidad, introduciendo desde el primer momento hechos y personajes reales en un contexto fantástico, o al menos susceptible de ser tomado como tal, como ya lo hiciese en Vivir abajo, y con mayor profundidad en Minimosca, donde se paseaban como secundarios de lujo Marcel Duchamp, César Vallejo o Stephen King por ejemplo. La novela comienza con un narrador en el que intuimos de forma más o menos explícita (y más o menos acertada) a Mario Vargas Llosa, que cuenta en primera persona como, mientras se documentaba para escribir lo que, una vez más, se intuye como La guerra del fin del mundo, conoció a un tipo que escribía telenovelas y cuya vida acabó asemejándose a sus tres guiones hasta un punto tan asombroso como trágico. Por supuesto, esto solo es el principio y como en todas las novelas de Faverón, las cosas no siempre son lo que parecen, los juegos de espejos se multiplican y los reflejos no siempre caen del lado que uno espera. Cuatro narradores en tres partes más un pequeño epílogo que, en una suerte de Rashomon literario, van desvelando capas de una misma historia, revelando enmascaramientos de cada uno de los testimonios anteriores…