Publicado en Fulgencio Pimentel, Cada lunes de aguas es uno de esos libros de relatos en los que el autor consuma un proyecto de vida inspirado en un aprendizaje meditado y paciente del oficio de escribir. ¿A qué me refiero exactamente? A que, en la prosa de Juan Montiel, se vislumbra la asimilación pausada de maestros como Aldecoa o Jiménez Lozano a lo largo de muchos años. Como si de alguna manera también Los usurpadores, de Francisco Ayala, hubiesen calado profundamente en un estilo que mide perfectamente el ritmo, las eufonías así como una adjetivación telúrica para dar certidumbre a las contradicciones humanas que desembocan en la violencia.

No hay otra cosa más humana que la contradicción entre racionalidad e ímpetu que surge de esa pulsión instintiva con la que se fabrican los dramas interiores, el asesinato, el oprobio y la venganza. Los relatos de Cada lunes de aguas profundizan en psicologías en las que se ha perpetuado la violencia ancestral, puesto que el estigma cainita resurge una y otra vez en ánimos aparentemente mansos, proclives a sobrevivir sin riesgos, en el tedio, en la soledad del tedio de zonas rurales, prácticamente deshabitadas por la hostilidad y la inclemencia del propio ecosistema…

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11/03/2026
Mundiario