El lector se deleitará con una prosa ágil, urdida a base de expresiones rápidas, tajantes y hasta insólitas, con frases que se agolpan en unos párrafos medidos con el metro de un argumento bien estructurado y mejor dosificado.
El asunto del lenguaje literario preocupa especialmente a Montiel en todo lo relacionado con la especificidad, el rigor y hasta la responsabilidad «histórica» de su escritura. Además, atiende al registro de lo poético, a un cierto nivel de expresividad lírica, por mucho que se trate de una obra narrativa. Por eso, la semántica responde a una riqueza sorprendente, recuperando términos en desuso, propios de los ambientes rurales, ahora abandonados o vaciados. Todas esas palabras, propias de un lenguaje ancestral, describen un mundo desaparecido de la España rural, pobre, analfabeta y, en cierto modo, de costumbres primitivas, que en este libro reviven con un auténtico valor antropológico, etnológico.
Las descripciones son de una riqueza deslumbrante, y contienen detalles desconocidos y sorprendentes. La adjetivación es potente, pero bien dosificada, y enseguida seduce al lector y lo conduce a una lectura deleitosa, adornada, exuberante a veces, pues el autor ha resuelto muy bien la complejidad de lo real con una más que adecuada adjetivación…