Novelas como Vivir abajo y Minimosca han situado a Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) en la vanguardia de la literatura en lengua española. Heredero de Borges, en su última novela, Madame Vargas Llosa (Fulgencio Pimentel) rinde a Mario Vargas Llosa a partir de un laberinto en el que la creación literaria se alía con la locura para abrazar una posibilidad distinta del mundo y la realidad. Con esta obra, Faverón inaugura la serie Más opio para el pueblo.
Pregunta. ¿Lo más coherente para el realismo es salirse del realismo?
Respuesta. Siempre he tenido esa impresión desde que escribo novelas. Aún seguimos reconociendo como realismo válido el realismo clásico del siglo XIX, hasta el punto de que este sigue siendo el termómetro válido para calificar alguna obra como más o menos realista, como una mera variante. Esperamos del realismo que nos explique algo sobre el mundo, pero no se trata más que de otra convención que deja un montón de cosas fuera, el azar, el error, la coincidencia, el subconsciente, que es algo aterrador para los realistas.
P. Y si lo fantástico es una convención también, ¿qué se deja fuera?
R. Lo fantástico es cada vez más pequeño. Borges escribió como literatura fantástica cosas que un físico cuántico aceptaría como ajustadas a la realidad. Piensa que la idea del multiverso era un desafío para Borges, pero ya te lo encuentras en la literatura infantil. Por cierto, cuando unos físicos de Princeton fueron a publicar por primera vez en los años 50 una teoría sobre la posibilidad de mundos alternativos en un universo cuántico, alguien les llamó la atención para decirles que un escritor argentino ya había formulado eso. E incluyeron un fragmento de El jardín de senderos que se bifurcan como epígrafe de su publicación…
Fotografía de Javier Albiñana para El Diario de Sevilla