Dice César Aira que la primera función del Arte es romper con los hábitos. Me cuesta señalar si el mundo del relato tiene muchos vicios; durante bastante tiempo, siempre lo he visto como un extraño reducto para la narración: allí donde todavía sobrevive el corte clásico y, también, donde brota lo experimental en sus formas menos predecibles. A veces, incluso, inabarcables. Los cuentos de Fernando Garriga están hechos de una pasta diferente: su escritura no es ni una cosa ni la otra, sabe cuándo ser precisa y laboriosa y cuándo demorarse como si, de pronto, el trazo firme dejase paso al borrón, la mancha o el difuminado. El ambiente nunca es del todo realista ni, desde luego, abiertamente fantástico, por mucho que haya bucles temporales y personajes extracorpóreos que se dan un garbeo mientras lo que queda de sus cuerpos languidece en un paisaje remoto. La cosa es que Garriga siempre sabe en qué registro se maneja, nunca necesita subrayar lo extraño en lo cotidiano, y viceversa. Sus relatos discurren y luego ya veremos.

En el primero, «Un bucle de tiempo», aparece una cita de Borges en el encabezado, pero a mí lo que me hace pensar en esa escritura que cultivaba Juan José Saer. Aquí hay una canoa, el Río de la Plata, un hombre que sufre la mordedura de una víbora y un loco. Este último me hace pensar en esa novela colosal, Las nubes, y su narrador poco fiable porque Garriga altera el foco, a las pocas páginas del relato, y sustituye al moribundo por el loco. La canoa avanza, aparece un faro, hay un disparo y el loco parece reconocerse en la figura del hombre al que acaba de abatir, como si el relato se quisiera plegar sobre sí mismo. Tan pronto termina, el siguiente relato lo recupera con «Un segundo bucle del tiempo», en el que el loco ya tiene un nombre, Marcelo, y la historia se reconstruye para explicar la muerte accidental de su mujer y el abatimiento que le llevará hasta otro punto; uno en el que las ficciones de una historia de serial se entremezclan con las cuitas propias…

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01/10/2026
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