La literatura paródica no corre con buenos tiempos en el mundo de hoy. No sólo se necesita ser un escritor de raza y con un gran sentido del humor para meterse en esos jardines peligrosos que, más que se bifurcan, parecen lanzarse todo el tiempo a la sonrisa y a la risa. Se necesita también mucha cultura literaria, para no pasarse ni para quedarse corto. Y eso es muy difícil en nuestras lides.

Cuando, además, la prosa paródica va dirigida y titulada sobre un tótem intelectual de nuestro tiempo —Vargas Llosa, en este caso, o su nombre y su sombra— la cosa se pone mucho más seria y el riesgo de caer en una telenovela al utilizar procedimientos de la telenovela clásica es mucho mayor. Ya lo escribió Sun Tzu en su ensayo El arte de la guerra, que no trata exclusivamente sobre la guerra sino sobre la vida y la filosofía: es peligroso usar las mismas armas del enemigo para poder vencerlo, pero hay que hacerlo si no hay más remedio.

Gustavo Faverón ha escrito dos monumentales novelas en los últimos diez años: Vivir abajo y Minimosca. Sus universos literarios son tan inmensos en esas novelas como el vocabulario utilizado en ellas: los mecanismos de la narración que Faverón hilvana son distintos a los de los demás escritores y novelistas de nuestra lengua; sus mundos son desmesurados, contradictorios, distópicos, pavorosos y sorprendentes. Y por eso mismo ya no tienen que demostrarle nada ni a sus lectores, ni a los académicos, ni a los críticos ni a nadie. Ahora salta a bailar con esta paródica novela titulada Madame Vargas Llosa, donde cuatro voces que podían serlo de telenovela latinoamericana (¡y qué más da si lo fueran!) escriben la vida de esta novela llena de sátiras, escondidas o no, y de descubrimientos singulares…

 

Fotografía de Yayo López.

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11/03/2026
El Cultural - El Español