Sun Bai es una de las voces más interesantes surgidas en el ámbito del cómic en la última media década, si bien sus orígenes nos remiten a un lugar más lejano y todavía ignoto como China. Pero resulta imposible adscribirla a ninguno de los subgéneros del manhua asociados al romance y la ciencia ficción, Sun Bai es un estilo en sí misma. Existe una línea divisoria clara entre su labor como ilustradora y como autora de cómics, perfectamente visible en la paleta de color optimista y primaveral de la primera y la más delicada, enigmática y glacial de la segunda, pero ambas confluyen en un temperamento artístico inconfundible. Hay algo inaprensible en sus dibujos y en sus historias, su trazo tiene el espesor y la consistencia del humo, sus contornos borrosos difuminan la distancia entre el presente y el pasado, entre la realidad y la imaginación, entre la tierra y el espacio.

Sun Bai nació en Shenyang, China. Actualmente vive en Lille, Francia, donde trabaja como ilustradora y autora de cómics. Es la fundadora, junto con Lucas Burtin, de la editorial Soleil d’hiver y la autora, también en colaboración con Lucas Burtin, del cómic La playa más bonita del mar del Norte (Fulgencio Pimentel, 2023).

Pues bien, en la estupenda librería Los tres hermanos de Moriarty, especializada en cómics de la calle de la Palma, y un poco más tarde en la Feria del Libro de Madrid, estuvo Sun Bai firmando ejemplares de sus libros. Por Pelícanos eléctricos en los lagos, su recién publicado cómic, hemos tenido la oportunidad de entrevistarla, para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.

Bai, ¿puedes hacernos un pequeño resumen de tu libro, por favor?

Pelícanos eléctricos en los lagos cuenta la historia de una persona que ha dejado su ciudad natal. Es, más bien, una historia sobre la memoria, la nostalgia y esa sensación de estar dividido entre varias realidades.

¿Y qué te impulsó a escribir y dibujar esta historia: una imagen, un recuerdo…?

El impulso de esta historia nace de mis experiencias personales, de la extraña sensación de estar repartida entre varios países. Como el protagonista, dejé mi ciudad natal para vivir en Francia. Desde entonces, cada regreso a mi ciudad natal, Shenyang, me da la impresión de cruzar una frontera invisible, como si entrara en otra realidad. Empecé a dibujar esta historia pensando en algunos recuerdos muy sencillos: los lagos de los parques de mi ciudad, los patines a pedales con forma de cisne, las tardes que pasaba con amigos.

La historia podría situarse entre la ciencia ficción y una realidad bastante deudora de los años 80. ¿Fue quizá ahí donde estuvo el mayor reto: lograr que todo encajara, el mundo futurista y el mundo nostálgico?

No creo que ese fuera el mayor reto.

Crecí en un entorno ligado a un instituto de investigación aeronáutica. Para mí, las naves, el futuro, el universo y la tecnología siempre formaron parte de lo cotidiano. En mi imaginario, la ciencia ficción y la realidad siempre han estado unidas.

La imaginación del futuro acaba convirtiéndose ella misma en una forma de nostalgia. Hoy miramos cómo la gente de los años 80 imaginaba el futuro y nos parece romántico. Quizá, dentro de unas décadas, nuestra propia visión del futuro se convierta a su vez en una forma de nostalgia.

La presencia de un magnetófono, de cigarrillos, de una estación espacial y de robots en un mismo mundo no me parece, por tanto, contradictoria. Todos esos elementos pertenecen al imaginario humano del tiempo, la memoria y el futuro…

Leer entrevista completa
13/06/2026
Qué leer