«En realidad me dedico al ilusionismo, puesto que la cinematografía se basa en una imperfección del ojo humano: la incapacidad para captar cambios rápidos de imágenes prácticamente iguales (…) Me valgo de un aparato con el cual someto a mi público a fuertes sobresaltos emocionales. Lo hago reír, gritar de miedo, sonreír, creer en los cuentos de hadas, indignarse, conmocionarse, fascinarse, caer seducido o bostezar de cansancio. Una de dos: o soy un estafador o –en caso de que el público acepte el engaño– soy un mago».

El cineasta sueco Ingmar Bergman (1918-2007), sin duda uno de los autores de películas más importantes del pasado siglo, que es historia pero también presente porque el arte supremo no se extingue con el mero paso del tiempo, definió así en 1954 el oficio de rodar películas. Frisaba entonces los 40 años de edad y había rubricado ya más de una decena de títulos, además de dirigir un buen número de obras de teatro.

Sabía bien de lo que hablaba porque, más que teorizar sobre cine, había constatado –sucede en todas las artes– que la reflexión sobre lo que se crea es siempre posterior al hecho mismo de crear. Bergman tenía fama de ser un director caprichoso y tiránico. Un artista obsesionado con la trascendencia, de una obstinada espiritualidad y con naturaleza luterana. Sin embargo, si se observa en el costado de su carrera –su menospreciada tarea como escritor– se reparará en que las leyendas, incluso cuando tienen alguna clase de asidero, nunca hacen honor a (toda) la verdad…

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10/01/2026
The Objective