En vez de literatura podría haber escrito ficción. La demostración de ese músculo creativo que, ya sea en el largo recorrido o en la extensión breve, caracteriza a la obra de Gustavo Faverón Patriau. Empecemos por lo obvio: Madame Vargas Llosa es una novela corta que se puede leer de unas cuantas maneras. Poco importa si el lector se deja guiar por esa estructura episódica en la que cada uno de sus cuatro personajes centrales cuenta la misma historia o si, por qué no, prefiere mecerse con el ritmo y el fraseo de su autor. Con ese ambiente vaporoso y recalentado de un Brasil de telenovela y fascinante miseria. En el que caben criaturas delirantes como Maria Trindade o Fittipaldi y quimeras reales como la del rodaje de Fitzcarraldo. Faverón siempre ha sabido mezclar la alta y la baja cultura, no le hace ascos a lo grotesco y construye un paisaje con todos esos elementos de derribo que su escritura sabe cómo transformar en piedras preciosas. La clave es una sola: mostrar su tremenda habilidad para llevar la literatura unos cuantos pasos más allá…

 

Fotografía: Paul Vallejo

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01/04/2026
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