Ahora sabemos muchísimas cosas. Sabemos, por ejemplo, que si le cortamos la cabeza a alguien, esa cabeza decapitada no va a revelarnos ningún secreto sobre el más allá, ni ningún secreto en general. Podemos decir que tenemos seguridad o casi seguridad en ello. Sabemos que la frenología fue una pseudociencia bastante disparatada y errónea que proponía premisas que ahora nos suenan absurdas. Y sabemos también que, nos guste o no, y en muchos casos lamentablemente, todos venimos del mismo simio.
Pero no siempre fue así. No siempre supimos todas estas cosas. Y Roque Larraquy echa la vista atrás ahí, a un tiempo de experimentación y esperanza científica. Se traslada, nos traslada, a un sanatorio argentino de principios del siglo XX, el sanatorio Temperley, con un nombre que recuerda a la icónica y misteriosa mansión ficticia Manderley, de Hitchcock. Un sanatorio de la periferia de Buenos Aires donde una serie de médicos de los que ahora no cuesta reírse conviven con enfermos, mantienen diálogos en ocasiones delirantes y tienen fantasías de todo tipo: eróticas, científicas, suicidas, heroicas, etc.
La comemadre es una novela genial, en todos los sentidos de la palabra. Aunque, en realidad, creo, todos los sentidos de la palabra genial son bastante parecidos. Hay tantas cosas que analizar en ella, tantas capas en las que sumergirse, que una siente el impulso casi siempre fracasado de desgranarla e intentar abordar cada una. Porque la obra funciona por sí sola, como todas las buenas obras, y no hay nada mejor que leerla a ciegas e irte sorprendiendo por todos los giros y cambios que da, tanto lingüísticos como argumentales. Y después cerrarla, irte a dar un paseo, pensar en lo que has leído, en lo bien que te lo has pasado, en lo bien escrita que está, recomendársela a una amiga y no tener ninguna otra pretensión…