Joann Sfar nos introduce a El cantar de Renardo a través de dos personajes de vida licenciosa y lengua afilada que recorren pueblos intercambiando historias por comida, vino o un lugar donde pasar la noche. Podría decirse que viven del cuento, literalmente. Boron y Blaise, cuyos nombres funcionan además como una deliciosa referencia a la tradición medieval, están cansados de repetir las mismas aventuras del célebre zorro y deciden narrar una historia distinta, una versión prohibida por su atrevimiento y peligrosidad. Según ellos, cualquiera que la escuche corre el riesgo de ser excomulgado. La amenaza, lejos de espantar a nadie, funciona como el mejor reclamo posible. Nosotros, igual que el público que se arremolina alrededor de estos trovadores, pasamos la página sin dudarlo. Si el riesgo de excomunión viene de la mano de Sfar, probablemente merezca la pena correrlo.
Sfar recupera al célebre Renart, uno de los personajes más emblemáticos del folclore francés y protagonista de innumerables relatos satíricos surgidos entre los siglos XI y XIII. A través de él construye una aventura que arranca cuando Merlín es convertido en estatua por el Diablo y la Muerte tras una tensa reunión familiar que convierte cualquier cena de empresa en una experiencia razonable. Renardo presencia el acontecimiento después de recibir un castigo que, siendo sinceros, probablemente tenía merecido. La desaparición del mago provoca que la magia empiece a retirarse lentamente del mundo, erosionando aquello que hasta entonces parecía inmutable. Obligado por las circunstancias y acompañado por Takka, joven aprendiz de Merlín, Renardo emprenderá una búsqueda para salvar una realidad que parece acercarse inexorablemente al final de una era…