El Diario de un perdedor, del ruso Eduard Limónov (1943–2020), es para muchos —incluido su “biógrafo” Emmanuel Carrère— la mejor de sus obras. Limónov fue uno de esos escritores enfant terrible, que se esforzó en hacer de sí mismo un personaje: un transgresor infatigable, un exhibicionista, una figura heroica que buscaba derrocar el orden de valores establecido por los cánones burgueses y civilizados.

No sorprende que ya en las primeras páginas de este “cuaderno secreto” —escrito en Nueva York en 1977 y no publicado en Rusia hasta 1991—, al que sus seguidores consideran casi un “libro de profecías”, Limónov declare que su único trabajo es él mismo: analizarse, hablar de su yo.

Ese es el núcleo de Diario de un perdedor: sus andanzas mientras malvive en un hotel de mala muerte neoyorquino y, luego, en un piso compartido. Intenta, sin éxito, que Macmillan y otras editoriales publiquen su Soy yo, Edichka. Sobrevive a base de subsidios, favores, trabajos ocasionales como albañil, cocinero, mayordomo o pintor…

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04/07/2025
El Cultural - El Español