«Desde hace años me intriga cómo convertimos la realidad en literatura, claro, pero mucho más cómo es que se convierte la literatura en realidad». Gustavo Faverón (Lima, 1966) pronuncia la frase despacio, como quien todavía desconfía de las respuestas demasiado concluyentes. En realidad, toda su obra -que con cada libro gana justo peso en la literatura en español actual- orbita alrededor de esa pregunta convertida en intuición. La literatura no como espejo del mundo sino como fuerza capaz de transformarlo, erosionarlo e, incluso, sustituirlo.
Esa idea ya recorría Vivir abajo (Candaya, 2018 ) y alcanzaba una formulación especialmente ambiciosa en la monumental Minimosca (Candaya, 2024), pero encuentra ahora una nueva encarnación en Madame Vargas Llosa (Fulgencio Pimentel), una novela tan lúdica como melancólica en la que el autor peruano convierte a Mario Vargas Llosa en personaje de ficción para preguntarse, en el fondo, quién escribe realmente las historias y a quién pertenecen una vez que abandonan las manos de su autor. «Yo creo muchísimo en la literatura como forma de conocimiento y, por tanto, también como forma de descripción», abunda el escritor, «pero en los últimos años el centro de lo que escribo es cómo los libros reemplazan a la realidad. Hay libros que terminan volviéndose sagrados, formas ideológicas de mirar el mundo, y al final no sólo ayudan a entenderlo, sino que lo construyen frente a tus ojos».
En Madame Vargas Llosa esa intuición adquiere la forma de una comedia metaliteraria donde las telenovelas escritas por Fittipaldi -un guionista de medio pelo y vida accidentada que alcanza una fama desproporcionada en el Brasil de los 80- parecen anticipar el porvenir, donde una misteriosa escritora pretende adelantarse al propio Vargas Llosa redactando las novelas que éste aún no ha escrito y donde la ficción invade la historia hasta volver imposible distinguir dónde termina una y empieza la otra. Faverón insiste en que esa colonización de la realidad por parte del relato no pertenece únicamente a la literatura, sino que en realidad, es la forma habitual en la que los seres humanos habitamos el mundo. «Nos contamos historias constantemente sobre cómo creemos que es el mundo y nos contamos unos a otros lo que pensamos de él. A partir de cierto momento vamos erosionando la realidad con esas historias y las primeras víctimas podemos ser nosotros mismos cuando acabamos creyéndonos demasiado nuestras propias narraciones»…
Fotografía de Daniel Mordzinsky