Algunas veces es difícil saber en qué momento preciso algo no tangible comienza. Otras, sin embargo, es muy sencillo. No hace tanto tiempo (el próximo 20 de julio se cumplirán 3 años) lo único que sabía de Ingmar Bergman (Upsala, 1918 – Färo, 2007) era lo que más o menos todo el mundo conoce: que se trataba de un director de cine de culto y extremadamente difícil. Nunca cuestioné esta afirmación, nunca vi ninguna de sus películas, nunca me interesé por su vida (mucho menos por su literatura; en mi ignorancia, inexistente), hasta que el cometa Angélica Liddell (Figueres, 1966) me atravesó. Y sí, digo bien, atravesar. Atravesar porque tras mi primera experiencia teatral con La Gran Papesa en Dämon. El funeral de Bergman (literal, replicado con exactitud y en sueco) todo ha sido leerla a ella, con ella y desde ella, además de asistir a todos los espectáculos que ha acercado a Barcelona. Al contrario que a San Sebastián, las flechas de conocimiento que la Liddell me ha regalado no han sido de martirio, sino de revelación epifánica; y si ella, en su obra, quería casarse con Bergman una vez celebrado su funeral (“Ya no queda tiempo. / Así que… ¿me aceptas como tu última esposa? / No te ofrezco un anillo. / Te ofrezco cien soldados de plomo / a cambio de que los sueños / sean más reales que la vida”), el aura bergmaniana se tornaba en ese momento para mí en pura atracción irreductible. 6 películas, innumerables artículos de crítica cinematográfica, dos novelas, un guion y unas cuantas relecturas de Dämon después, quiero ahora saber más de Bergman por Bergman, de las teorías bergmanianas desde su propia voz, de detalles y anécdotas que pasados por su propio filtro me acerquen al Bergman hombre y artista total. Y es así, con respeto y curiosidad, como he leído Las palabras nunca están ahí cuando las necesitas (mi preludio lector para el resto de su obra ensayística).
Se trata de un volumen que reúne una miscelánea de textos que funcionan a modo de clave hermenéutica de su indagación artística. Escritos a lo largo de su carrera (entre 1937, todavía adolescente, y 1998, cuando cuenta con 80 años y vive recluido en la isla de Fårö), en ellos da cuenta de su pensamiento (pesimista, metódico, enfermizamente organizado, temperamental, reflexivo), tanto en lo relacionado con el cine y el teatro, como en lo referente a las emociones más íntimas, las relacionadas con su vida personal (su infancia con un padre violento y una madre distante —“nuestra educación se llevó a cabo en medio de una especie de desesperación histérica”—, su matrimonio…). La responsabilidad moral del artista frente a sus coetáneos, la tensión arte vs vida (la revelación de sus propios fantasmas), su relación con la escritura y la necesidad vital de creación (“La creación artística siempre se ha manifestado en mí como un hambre”) van y vienen en estos textos en los que también hay un reconocimiento explícito a sus maestros por la valentía radical de sus miradas (Ibsen y, especialmente, los modelos narrativos de Strindberg, a quien denomina El Padre). Al ensayo y la reflexión interiores (“Vivo en un torrente de sentimientos, estados de ánimo, sueños e imágenes. Tengo la maleta a rebosar de todo eso”), Bergman suma la experimentación en forma de autoentrevistas escritas con seudónimo (Bergman vilamateando avant la lettre) que bailan una danza sobre la colina de las páginas. Hay un ritornello que recorre el libro, ese Bergman entre cansado y airado, que escribe una vez y otra “Yo soy cineasta, no escritor, el cine es mi medio de expresión, no la palabra escrita” en una especie de excusatio non petita, accusatio manifesta que me hace sonreír. Ingmar, ¿qué no eres escritor?, ¿no ves que estos textos son una refutación a tu propia tesis?…