Fulgencio Pimentel tiene razón. Para conocer a Limónov no se necesita a Emmanuel Carrère y, mucho menos, la película de Kirill Serebrennikov. Para conocer a Limónov solo se necesita leer la obra de Limónov. En estos tiempos del yo como argumento principal de buena parte de la narrativa (de qué otra cosa se podrá hablar, pensarán), del yo mal entendido, el escritor ruso ni se lo planteaba. Qué necesidad tenía de buscar otros personajes si él era el personaje. Como ese Orson Welles que pasó buena parte de su vida preparándose para interpreta a Falstaff, Limónov pasó toda la suya preparándose para interpretarse a sí mismo, hasta el punto de que podríamos dudar de si las novelas estarán basadas en su vida o su vida basada en sus novelas. En todo caso, no hay ninguna línea de demarcación. Si Serguéi Dovlátov (un contemporáneo, con el que compartió destino) se reinventaba y reescribía con cada uno de sus libros, él no siente ninguna necesidad. La ironía deja espacio a un ego desmedido, que de tan desmedido tiene un algo de tomarse a risa, un peculiar sentido del humor que salta entre líneas y desproporciones…