Se dice que tras la muerte de un escritor este entra a un purgatorio de espera del que sale varios años después, finalmente consagrado u olvidado. Ha pasado casi año y medio de la muerte de Mario Vargas Llosa y el ambiente en ese imaginario purgatorio literario se advierte animado. Su memoria no descansa en paz, y creo que eso le habría agradado. Detractores y apologistas discuten a voces. La opinión más extendida sobre él dice: “me gustan sus novelas, pero no sus posiciones políticas”. Tengo para mí que en ambas se respira el mismo aire. En su literatura, una formidable libertad creadora; en sus posiciones políticas, una pasión por la libertad.
Mario Vargas Llosa escribió novelas, relatos, obras dramáticas, ensayos, artículos, dictó conferencias en todo el mundo, fue candidato a la presidencia de Perú, ganó el Premio Nobel, pero sus detractores lo descalifican por sus posiciones de derecha. Solo las posiciones de izquierda son válidas para las buenas conciencias. Como si la izquierda no hubiera parido dictadores asesinos ni populistas demagogos y corruptos…