pazienza

Libros para un confinamiento (XI)

Libros para un confinamiento (XI)

Libros para un confinamiento (XI)

MÁTAME MUXO MÁTAME RIKO


El vaciamiento de las calles puso delante de nuestros ojos un escenario apocalíptico y muy de cinón de los años 90, solo que sin Fele Martínez, sin gazapos digitales, analógico perdido. Tan real ha sido que se diría que estaba aquí antes que nosotros, como urdido por las fuerzas vivas del barrio en la sacristía más cercana. Algunos, no obstante, habíamos previsto un fin del mundo muy distinto. Sin teletrabajo, para empezar. Sin tutoriales reposteros. En fin, otra cosa. Vimos nuestras expectativas malogradas; nuestra fe, traicionada. No hubo saqueos ni gestas libertarias. En su lugar fueron el Resistiré y los aplausos de las ocho de la tarde. El mundo a nuestro alrededor no se había mostrado nunca tan dispuesto para el libre albedrío, y nunca tampoco había sido sometido a una vigilancia tan estrecha. En sus largas, eternas comparecencias, nuestro presidente se entregaba a una retórica omnisciente de tal envergadura que no habría desentonado nada una llamada a nuestros delincuentes, pequeños y grandes: quedaos también vosotros en casa, a gozar del Netflix. Y en verdad, hubo (hay) una ley marcial en marcha, y los objetivos de nuestros CSI han sido otros. ¿Qué balance nos ha aportado todo esto? Pues una delincuencia excesivamente gris, si exceptuamos los millones que habrán ido a parar al bolsillo de muchos «mediadores médicos», y unos cronistas de sucesos resignados a poner por escrito unos crímenes de lo más pobretón, unos crímenes que no están a la altura de una crisis global como esta, unos crímenes que solo asustan a telepredicadores de la talla de un Gabriel Rufián: peleas de gallos, ladrones de mascarillas, un señor que alquila su perro, un sujeto haciendo running, una fiesta en la discoteca de un hotel de Leganés, penitentes insumisos que no se resignan a no sacar el cucurucho, cienes (miles) de ancianos pillados de puntillas por un camino de cabras, en el trance de echarle un vistazo a su huerto, que languidece día tras día a cincuenta metros de su hogar. Qué dicha del lado de la Ley, qué felicidad la del perro policía. El balance para nosotros está claro: Estado, once mil; delincuencia de base, cero.

A nosotros, este panorama (desolador desde la perspectiva de una realidad que siempre alimentó a la ficción con crímenes decentes) nos pone cuerpo de thriller bueno, adornado si es posible con ese íntimo, doméstico runrún que nos ha dado la cuarentena sin que hayamos acertado a ponerle nombre. Los incidentes, de Philippe Djian —el autor de «Oh…» y uno de los escritores franceses contemporáneos más salvajes e ignorados a este lado de los Pirineos—, estaba a punto de llegar a las librerías cuando se declaró el estado de alerta. Pues bien, si se consideran seres inquietos con querencia al suspense de colores desvaídos y a los sórdidos secretos familiares de extracción burguesa, esta podría ser su novela. Una muerta nada más empezar, y luego: existencialismo de pueblo, indirectas incestuosas, accidentes muy mortales, ambigüedades varias. Todo esto desde la mirada de un profesor de escritura creativa cero entrañable y pollavieja —sin saberlo—, amén de aficionado a sus alumnas y novelista frustrado, como mágico fin de fiesta. Todo muy desagradable, muy de su gusto y seguramente del nuestro. Por cierto, que tuvo también su adaptación cinematográfica, y magnífica, además. En fin, que habrá que esperar para el libro, pero era menester decírsele.

A otros, este raro paréntesis no les impide idear nuevas formas de delinquir, solo que desde casa y a golpe de click. El odio, la tontería y la histeria colectiva son más que visibles estos días a través de los miles de bulos que discurren por redes sociales, medios de dudosa credibilidad y grupos de mensajería instantánea. Nick Drnaso supo ilustrar de forma implacable la miseria humana creciente en una sociedad que se mueve entre la tensión y la sórdida cotidianidad de una clase media pelín hipócrita, racista y amiga de la conspiranoia. Lo hizo en su opera prima, Beverly, un cómic atmosférico de colores pálidos y trazo sintético que algunos definieron como el cruce natural entre la línea clara francobelga y el Chris Ware más gélido. Ware es precisamente uno de los admiradores más entusiastas de Drnaso, que el año pasado se convirtió en el primer novelista gráfico en estar nominado al Man Booker Prize.

Pero vamos a bajar más al nivel del barro. En nuestro catálogo se esconde un sujeto que, de vivir hoy, podría formar parte del grupo algecireño de WhatsApp que impartía consignas para agredir a policías, lo mismo que ejercer de implacable ciberestafador o ser una de las ocho personas detenidas por celebrar una orgía en Barcelona en pleno cerrojo. Ninguno de esos alegres jóvenes, sin embargo, iguala a nuestro Zanardi en vileza y genio delincuente. «Zanna es la mala conciencia, el antiguo compañero de clase, el amigo de la infancia que nos humilló de mil maneras. Es la persona que más odiamos y a la vez aquella a la que nos gustaría parecernos. Es un malvado, un ignorante, y no tiene escrúpulos, porque está vacío». Así lo retrataba Andrea Pazienza, quien vivió los años de plomo italianos con su respectiva oleada de atentados, violencia, corrupción y desgobierno, de los que el mundo que describen Zanardi y Corre, Zanardi es un descreído y amoral epílogo. En el entorno de un instituto de provincias y acompañado de sus cómplices, Zanardi protagonizará bromas a las que el adjetivo «macabras» se les queda corto: violaciones, asesinatos, vendettas, extorsión y otros episodios funestos que el lector debe prepararse para releer una y mil veces, sin desentrañar nunca del todo los secretos desplegados por el genio narrativo de Pazienza.

Otros muertos y desaparecidos:

Sensación de vivir, de Mirena Ossorno (cómic)
Sirio, de Martín López Lam (cómic)
Historia de España contada a las niñas, de María Bastarós (narrativa)
«Oh…» , de Philippe Djian (narrativa)

 

Andrea Pazienza

Andrea Pazienza

Uno de los narradores más notables de los últimos treinta años.

MICHELE SERRA

Andrea Pazienza (San Benedetto del Tronto, 1956 – Montepulciano, 1988) es uno de los dibujantes italianos más importantes de todos los tiempos y su legado es comparable al de otros colegas de profesión como Hugo Pratt, Guido Crepax o Milo Manara, mientras su popularidad y consideración supera incluso a la de los citados dentro de Italia. Fue uno de los miembros fundadores de la revista mensual Frigidaire en 1980, donde publicó su serie Zanardi, y también colaboró en otras revistas como alter alter, Linus o Comic Art, todas ellas reconocidas como fundamentales en la evolución del cómic europeo. Extraordinariamente prolífico y con un enorme talento tanto para el dibujo como para el retrato de la juventud de su tiempo a través de diálogos incisivos y naturalistas, Pazienza es sin duda el autor de cómic más influyente de las cuatro últimas décadas en su país natal. Destaca también la concepción artística y exigente con el lector que aplicó Pazienza a su trabajo, donde elementos como la composición de página o la elipsis jugaban un papel fundamental en la percepción de los relatos y en la profundidad argumental y emocional de las historias. Pazienza no se limitó al ámbito del cómic, y fue requerido a menudo por artistas de otros ámbitos que reconocieron una sensibilidad compartida y quisieron enriquecer sus trabajos con las aportaciones del dibujante. Así, Pazienza realizó pósteres para películas (La ciudad de las mujeres, dirigida por Federico Fellini), cubiertas para LPs (principalmente para Roberto Vecchioni) y diseñó los decorados para Soy el pequeño diablo, de Roberto Benigni y Dai colli, de Giorgio Rossi. También fue un extraordinario pintor y su obra se expuso en centros como el Palazzo delle Esposizioni di Roma.

Durante la primera mitad de la década de los 80, Pazienza fue consumidor de heroína, pero se desintoxicó en 1984. A partir de ese momento, profundizó en dos de sus pasiones, la historia y la poesía, alumbrando algunos de sus mejores trabajos: Pompeyo, Campofame y Astarté. Pazienza murió en 1988 debido a una sobredosis. Tenía 32 años. Lejos de disminuir su talla como autor, la prematura muerte de Pazienza lo convirtió, justificadamente, en una leyenda. La calidad de su producción, la relevancia de los temas abordados, su amplio rango de registros y un apabullante talento innato configuraron a un artista que definió culturalmente la Italia de los años 80 y, desarrollando su trabajo en un ámbito muchas veces culturalmente denostado como es el cómic, pudo medirse con grandes figuras de otras artes más reconocidas. 

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