limónov

El hombre sin amor

El hombre sin amor

Limónov existe, y yo lo conozco.

EMMANUEL CARRÈRE

Toda la fealdad que arroja al lector a la cara tiene su contrapeso en alguna forma de belleza. Eduard Limónov se redime en ella: él está podrido, pero el mundo no. No del todo aún.

ALEJANDRO LUQUE

Animal exótico, Limónov es el más escandaloso de los autores rusos vivos y uno de los más grandes novelistas de la Rusia contemporánea.

EL MUNDO

Me dije que el sexo, lejos de ser una mera operación biológica, era el único puerto de acceso a una vida normal. Y que las relaciones sexuales daban derecho a tocarse, a fundirse con otros cuerpos; mientras que, en las temporadas sin amor, el hombre no era más que un frío cuerpo celeste, vagando solitario por el espacio vacío…

EDUARD LIMÓNOV

El hombre sin amor es la antología de los mejores relatos de Eduard Limónov, preparada solo unas semanas antes de su muerte.

Estos ocho fragmentos de vida corresponden a un periodo muy concreto de la biografía de su autor y conforman algo parecido a una novela del desamor, o mejor, del desencuentro con el amor, mientras que el astro solitario que puebla sus páginas sería el héroe lírico que bascula día a día entre el éxito y la indigencia, entre el estupor y la venganza, entre la euforia de la carne y la sed de supervivencia.

Por su parte, incluido en el apéndice del libro, Corpus L. es una acercamiento insólito a la figura del autor ruso. Tania Mikhelson parte de la supervisión minuciosa de los relatos presentes en el libro para entregarnos la más lúcida reflexión acerca de las pasiones que arrastraron a Limónov, más allá de su oficio literario; más allá, incluso, de su propio periplo biográfico; muy cerca del Hades primigenio donde moran los demonios que fuimos, que podríamos —así nos exhorta el autor— volver a ser.

 

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Agosto de 2020
Traducción de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea
Cartoné. 14,3 x 20 cm. 284 págs.
978-84-17617-16-5
19,95 €

Libros para un confinamiento (IX)

Libros para un confinamiento (IX)

Libros para un confinamiento (IX)

ALGÚN DÍA NAVEGAREMOS
 

Antes de esto nuestras vidas ya eran mustias, lánguidas y muertas de aventura. No se explica si no que, cuando el confinamiento empezó, muchos tomaran como ejemplo las rutinas de los freelancers, expertos en las tiranías y bondades del teletrabajo, en lugar de pensar en los navegantes. Nadie pensó en aquellos que surcan la inmensa soledad del océano o atracan sus pequeñas casas flotantes en mundos aparte. Los marinos nos llevaban ventaja de largo: ellos saben lo que es vivir en un espacio limitado y también conocen el aislamiento. Seres duros, preparados para situaciones límite, seres con piel de salitre que se ven obligados ahora a echar el ancla y a hermanarse con esta sociedad infecta (de ocio, de hastío, de desaliento) en tierra firme. Nosotros, desde puerto, volvemos a recurrir a sus historias, que si bien antes nos embaucaban como el rugido que brota del hueco de una caracola, ahora nos inspiran aún más nostalgia del navegar, de perderse uno en la mar y adiós muy buenas.

Existe por suerte una bibliografía inagotable para saciar esa nostalgia. Tenemos editoriales maravillosas como Llaut/Llagut; colecciones esenciales, como la dedicada a los libros del mar por la editorial Renacimiento; disponemos incluso de fabulosas librerías náuticas como Izaro (Bilbao), Robinson (Madrid) o San Esteban (Gijón); y, por supuesto, tendremos siempre los relatos de los Conrad, London, Melville, Hawthorne y un interminable etcétera de autores menos celebrados pero igual de apasionantes que los primeros. Es nuestro deber, por eso, afrontar el tema de forma oblicua, para cuando hayan agotado los anaqueles de todos los mencionados.

Vamos con una de piratas, pero sin edulcorantes: Guy, retrato de un bebedor fue, según la ACDCómics, uno de los mejores tebeos de 2019, el año en el que fuimos unos ingenuos. Olivier Schrauwen se unió con Ruppert & Mulot para narrar la desgraciada historia de un genuino pirata, borracho despiadado, amoral, sin pizca de sobriedad ni sentido común. ¿Cómo se puede ser tan malo y tan tonto al mismo tiempo?, nos preguntamos. Marino accidental, torpe y cantarín, nuestro Guy devuelve a la piratería su maldad y depravación original. El lector será partícipe del asco y las risas culpables, sumergido en un mundo psicodélico de tonos malvas, rosas y añil, y trazo abierto y desatado como fuegos de artificio; una historia de aventuras con resonancias clásicas y hechuras modernas que es a la vez la unión insólita de tres de los mejores dibujantes de cómics del mundo.

Confinado y en un raro estado de gracia escribió Eduard Limónov El libro de las aguas durante los tres años que permaneció encarcelado en una prisión militar. En opinión de muchos, entre ellos su biógrafo Emmanuel Carrère, comparte con su Diario del perdedor el privilegio de ser el libro más hermoso y audaz de Limónov. El escritor y activista ruso quiso evocar su copiosa batería de vivencias al límite, desatendiendo esta vez cualquier continuidad cronológica o geográfica, y utilizando el agua —mares, ríos, lagos, estanques, piscinas, saunas— como único elemento conductor. Crudo y poético en su escritura, hombre de acción y sufriente enamorado en la vida, cuando menos controvertido en lo ideológico, Limónov describía con estas palabras el contenido de El libro de las aguas: «He tratado de pescar en el océano del tiempo las cosas verdaderamente esenciales para mí; y releídas las cuarenta primeras páginas del manuscrito, no he podido hallar más que guerra y mujeres. Fusiles y semen en los orificios de mis hembras amadas: he ahí el modesto resumen de mi vida». Nos atrevemos a decir que su publicación y la consecuente visita a España de su autor también fueron uno de los hitos de 2019. Este año soñábamos con volver a comer panchitos con él, que llegaba con otro título bajo el brazo. Pero las desgracias nunca vienen solas y, coincidiendo con el comienzo de la cuarentena, tuvimos que dar la noticia de su fallecimiento, con 77 años, por complicaciones derivadas de una operación. Descansa en paz, comandante en jefe, tú que no la conociste (ni la concediste) en vida.

Nos zambullimos ahora en un océano bien distinto para enjuagarnos las penas de la mano de Curiosón, quien, con su traje de buzo del siglo XIX, bucea para explorar los secretos y maravillas que se esconden en las profundidades. Si Jim Curious, su hermano más reciente, nos obliga a recordar las aventuras selváticas de Emilio Salgari y los grabados del mismísimo Doré, Curiosón. Viaje al corazón del océano nos retrotrae a las Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, «leídas» a través de las gafas 3-D que incorpora este álbum de gran formato (dos pares de gafas, nos pusimos generosos, para que niño y adulto puedan disfrutar juntos). En su fantástico viaje subacuático, nuestro joven protagonista viajará junto a criaturas grandes y pequeñas, adorables y peligrosas; descubrirá galeones hundidos e incluso antiguas y misteriosas ciudades sumergidas, que ya son dignas de perdición en 2-D, pero que, con el añadido de otra dimensión, convierten la experiencia en una ensoñación que nos invita a buscar Atlántidas perdidas y, de nuevo, ay, a soñar con el verano.

Sacamos, por fin, la cabeza del agua y oteamos una playa en el horizonte. ¿Qué es esto? ¡Estamos en Sète, y sin haber consumido sustancias de ninguna clase (de eso hablaremos en otra carta)! Aquí, en este pequeño pueblo de la región francesa de Languedoc, descansan dos poetas: Paul Valéry y George Brassens. Este último pidió machadianamente en su Supplique pour être enterré sur la plage de Sète que lo enterrarán en «une bonne petite niche», en la playa de La Corniche, cerca de los delfines y bajo alguna especie de pino, para convertirse así en un «eterno veraneante que se pasea en hidropedales sobre la playa, soñando, y que pasa su muerte como si fuesen unas vacaciones». No pudo ser (su sepultura está en el Cimetière le Py), pero amigos de todo el mundo continuamos rindiéndole honores aquí, allá o acullá, incluido Joann Sfar, quien comisarió en 2011 la gigantesca exposición retrospectiva que dio lugar a nuestro libro. Acompañado de textos de Juan de Pablos, Luigi Landeira, Patricia Godes y Vicente Fabuel, Brassens, la libertad es el homenaje definitivo a quien fuera uno de los mayores exponentes de la chanson y la trova anarquista del siglo XX, un vademécum a ratos delirante, formado por más de un centenar de retratos y alrededor de ochenta páginas de puro tebeo que comienzan como una autoparodia del propio Sfar, para acabar ahondando en el lado más íntimo de su Brassens, que es nuestro Brassens. ¿Y qué cantaba el ídolo en la última estrofa de Les Copains d’abord? Helo, en traducción de otro que también es «nuestro», el poeta Paulino Lorenzo:  

He ido en muchos barcos, pero solo
uno aguantó los golpes, uno solo
nunca cambió de rumbo;
navegaba sin prisa, sin abrigo,
sobre el mar del los patos. Se llamaba
«los amigos primero», se llamaba
primero, los amigos.

Ese navegar sobre el «mar de los patos», que es el qué dirán, nos ha guiado toda la vida. Pero no nos libra ahora de ponernos sentimentales. Os queremos tout's voil's dehors (a toda máquina).

El libro de las aguas

El libro de las aguas

Un libro inclasificable, el más hermoso a mi juicio.

—Emmanuel Carrère

«Cada vez que un personaje de novela escribe un libro sabemos que, al menos, pasarán cosas. Sin embargo, por mucho que ame el líquido elemento, el propio Limónov no es agua potable. Apóstol del nacional-bolchevismo, logra condensar dos barbaridades en una. Es fanfarrón, amoral, megalómano, egocéntrico, falocrático. ¿Por qué disfruto tanto al leerlo? ¿Será que me vuelvo yo también un fascista estalinista? (Aquí la suave emoción de la revuelta cruza mi sala de estar burguesa). Carrère lo vio antes que nadie: Limónov ama la revolución porque es un romántico. Al igual que Céline, está equivocado políticamente, pero literariamente tiene razón».
—Frédéric Beigbeder

Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte.

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Mayo de 2019
Traducción de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea
Cartoné. 14,3 x 20 cm. 352 págs.
978-84-17617-07-3
21,85 €

Eduard Limónov

Eduard Limónov

Eduard Limónov, seudónimo de Eduard Veniamínovich Savenko, nace en Dzerzhinsk el 22 de febrero de 1943. En 1947 se traslada con su familia a Járkov. Hijo de un oficial del NKVD, aspira a hacer carrera en el Ejército, sueño truncado por una severa miopía que lo obliga a llevar gafas desde los ocho años y que lo hará no apto siquiera para realizar el servicio militar. Cuando apenas es un adolescente, se aficiona a la bebida, el hurto y la lectura, y conoce la cárcel y el hospital psiquiátrico. Hacia 1958 decide convertirse en poeta y alcanza cierto reconocimiento en círculos underground bajo el irónico seudónimo de Ed Limónov, porque limón significa limón y limonka, granada, bomba de mano. Es también en esta época cuando conoce a Anna Moiséyevna Rubinshtéin, pintora expresionista, una mujer mucho mayor que él que se convertiría en su primera esposa.

En 1967, se muda con Anna a Moscú, donde sobreviven confeccionando pantalones al tiempo que Limónov trata de medrar en los círculos literarios. Allí conoce a Yélena Shchápova, de quien se enamora y con quien acaba contrayendo matrimonio en 1973.

En 1975 se muda con Yélena a Nueva York, donde se gana la vida como buenamente puede, realizando diversos trabajos no siempre relacionados con la literatura: corrige, traduce y compila artículos para el diario en lengua rusa Russkoe Dielo, y esporádicamente publica también artículos de su propia pluma, uno de los cuáles lo pone en el punto de mira de la prensa rusa y provoca su despido. Mientras tanto, su esposa trata de labrarse una carrera como modelo y sus infidelidades socavan la estabilidad de la pareja. Dejan de convivir y Limónov se aloja primero en el hotel Winslow, de muy baja categoría, y después en el Embassy, aún peor. El escritor mantiene esporádicas relaciones homosexuales, frecuenta los ambientes punk y encuentra trabajo como mayordomo de un millonario neoyorquino, experiencias que describiría posteriormente en sus libros Historia de un servidor, Diario de un fracasado y Soy yo, Édichka, que será su primer libro publicado (y con éxito), en Francia en 1980, tras ser rechazado por varios editores estadounidenses.

Durante su estancia neoyorquina, y con su relación con Yelena Shchápova tocada de muerte, se enamora de Natalia Medvédeva, con quien se muda a París en 1980, coincidiendo con la publicación de Soy yo, Édichka. Se casa con Medvédeva en 1981 y crece su actividad en círculos literarios. Además, colabora con periódicos como L’Humanité, Le Choc du mois y L’Idiot International y se gana una reputación como nacional bolchevique.

En 1991, tras la caída de la URSS, Limónov se traslada a Rusia (recuperando la ciudadanía rusa) y compagina su carrera literaria con la política: en 1992 participa en la guerra civil de Transnistria y funda el Frente Nacional Bolchevique (después, Partido Nacional Bolchevique); en 1993 participa en la guerra de Croacia, del lado de los serbios; en 1994 crea el periódico Limonka, que se cerraría en 2010 tras 345 números publicados. Su actividad política lo convierte en «enemigo del Estado», y en 2001 es condenado a prisión por tráfico de armas. Durante los tres años que pasa encerrado escribe cuatro libros, entre ellos, El libro de las aguas. El Tribunal Supremo de Rusia ilegaliza el PNB durante dos meses, en 2005, y es ilegalizado de nuevo en 2007.

En 2011, Emmanuel Carrère publica Limónov, una biografía del escritor, que se convierte en un superventas y recibe los más prestigiosos premios literarios en Francia, poniendo de nuevo el foco sobre el escritor ruso a nivel internacional.

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