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Libros para un confinamiento (II)

Libros para un confinamiento (II)

Libros para un confinamiento (II)

DÍAS FELICES EN EL BUJERO
Lunes, 30 de marzo. 

Como en casita, en ninguna parte. ¿Qué estamos diciendo? Esto acaba de empezar y ya soñamos con el conejo muerto de Repulsión. Cómo es posible que esta sobredosis de tiempo libre junto a nuestros seres queridos se convierta en una sutil fuente de neurosis, y dónde está el remedio a todo esto (que no sea bajar los escalones de siete en siete y correr desnudos por la calle hasta perdernos en el horizonte). Sin duda, muchos otros se hicieron esta pregunta antes que nosotros. Si no, no se explica que tengamos tantos libros hechos desde el aislamiento, voluntario o involuntario.

Si hay un autor que ha hablado maravillosamente de la «fiesta» de estar encerrados, o dicho de otro modo, de cómo sobrevivir a las mayores penurias con el ánimo intacto, ese es el húngaro György Faludy. Días felices en el infierno es probablemente el libro que más dicha nos ha proporcionado editar. Resumirlo es imposible en un par de líneas. Nos conformamos con decirles que es un libro sobre el ostracismo y la cárcel que sin embargo abarca tres continentes, dos tiranías y media docena de géneros literarios. Conocerlo es amarlo mucho.

Enseguida nos viene también a la cabeza la estampa más recurrente de la serie Megg & Mogg, de Simon Hanselmann: una bruja, un gato y un búho con la mirada perdida, sentados en un sofá. Hechizo total es el primer título de esta saga que ha roto esquemas y sigue ganando fieles en todo el mundo gracias a una mezcla salvaje de tragedia, humor y guiños al lector, que antes de saberlo llora ya de empatía abrazado a su tebeo. El lema que acompañó a la primera edición (hoy va por la quinta) lo dice todo: «drogas, sexo pocho, televisión, tiempo libre». Imposible sacar más de una premisa tan roñosa. ¿Les suena de algo?

Pero hablar de la convivencia entre cuatro paredes con un ser insoportable es también hablar de Röhner, la cinemática y obsesiva crónica de una visita no deseada, a cargo de una de las nuevas promesas del nuevo cómic alemán, Max Baitinger. Nuestra nota decía algo así como: «la pesadilla de un arquitecto». Pero es también el sueño húmedo de un amante de los tebeos.

Por último pensamos en el Retiro voluntario de Serguéi Dovlátov en la Reserva Pushkin. Una de las novelas más personales del autor ruso, Retiro es también la demostración de que las respuestas no siempre aguardan en una idílica cabaña rodeada de bosques y simpáticos aldeanos alcoholizados. Un encierro, voluntario o no, es también casi siempre el germen de un buen montón de preguntas. Pero no nos las hagan a nosotros, háganselas a un libro, rebosante y salao como él solo.

Otros encierros voluntarios:

Las niñas prodigio, de Sabina Urraca (narrativa)
Bahía de San Búho, de Simon Hanselmann (cómic)
Consumido, de Joe Matt (cómic)

Otros encierros involuntarios:

Pudridero 1, de Johnny Ryan (cómic)
Pudridero 2, de Johnny Ryan (cómic)
Días más largos que longanizas, de Gabriel Corbera (cómic)
Por una mata de Pascua, de Rafael Alcides (poesía)
El libro de las aguas, de Eduard Limónov (narrativa)
Física de la tristeza, de Gueorgui Gospodínov (narrativa)

Segundo Premio Nacional de Edición

Segundo Premio Nacional de Edición

Lo pone aquí. Los Cuentos de la Navidad dorada de Carlos López y Olga Capdevila han recibido el Segundo Premio de los libros mejor editados en la categoría de libros infantiles y juveniles que otorga el Ministerio de Cultura.

Este es un libro de sus autores, así que el mérito es suyo y solo suyo. En este caso, además, son dos personas humanas como no hay dos ni tres.

Enhorabuena.

Dónde se escribió "Las niñas prodigio"

Dónde se escribió "Las niñas prodigio"

"Viví en esta casa cerca de un año.

"Escribí mi libro en esta casa.

"No tenía agua corriente. Me lavaba en los días de sol, en un grifo que había fuera de la casa, o calentando una olla de agua en la chimenea. Para llegar al váter, custodiado por un sapo enorme, había que caminar un poco.

"En un agujero sobre mi cama vivía una salamanquesa con doble cola, como una sirena.

"En la cocina había un ratón que se bebía mis restos del café y después pasaba la noche de subidón, corriendo por las estanterías.

"La instalación eléctrica la hizo un niño de 12 años. Como la casa llevaba un tiempo deshabitada, tuve que volver a empalmar los cables, meterlos en un tubo y cavar una zanja para llevarlos hasta casa del vecino y pinchar su luz.

"Cada vez que llovía, los jabalíes removían la tierra fresca y sacaban mis cables. A veces vivía sin luz durante largos días de lluvia, hasta que escampaba y podía rehacer todo el apaño.

"Alguna vez, desesperada, volví a enterrar los cables cavando bajo la lluvia, como en una peli de Ken Loach. Cavando y llorando de impotencia al mismo tiempo.

"También alguna vez partí leña llorando. ¿De dónde sacas la energía para no morir de frío cuando llevas semanas sin hablar con nadie, intentando escribir sin conseguirlo?

"A mi casa no se podía llegar en coche. Para alcanzar la carretera había que subir media hora por un camino de cabras, caminar junto a una acequia, gritar RUCA RUCA MARRANO para espantar a los jabalíes. Una vez arriba, había que hacer autostop para llegar al pueblo.

"Un día me recogió en su coche un chico alemán que tocaba la guitarra. Tenía una canción que se llamaba WUNDERKIND. Cuando le pregunté qué significaba, me dijo que eran "los niños que hacen cosas importantes de pequeños, que son actores o bailan muy bien". No le dije que estaba escribiendo un libro que se llamaba "Las niñas prodigio" porque no estaba segura de si estaba escribiendo un libro.

"Viví en esta casa cerca de un año.

"Escribí mi libro en esta casa. Se me ve ahí, en la ventana".

 

Sabina Urraca

25.05.2015