
Alfonso Martínez Galilea
MELANCOLÍA DEL ESTUDIANTE DE HUMANIDADES
Mi espíritu aburrido vaga por los manuales
como Dios por su casa, sin pararse a ver cuáles
son inicuos o justos, esquivando preguntas,
como aire que se escapa del hogar por sus juntas.
Una palabra nueva sabría agradecerla,
un palabra henchida con gravidez de perla,
un hecho concluyente, una razón bien puesta...
Pero se le hace dura y empinada la cuesta
y es premioso mi espíritu, gandul y tartamudo
-con algo de baúl y con mucho de embudo.
Cierto que a veces una sopresa le depara
otro fantasma afín, esa embajada rara
que parece manar de una sabiduría
compacta y prominente como el orbe del día.
Pero más conmúnmente se naufraga en el tedio
del camino trillado, de la senda de enmedio
por la que vagan lentos espíritus gaseosos
de broncíneos perfiles, profesores gangosos
cuya virtud más alta es rapiñar manuales
utilizando tretas putrefactas y usuales.
En la plácida umbría de este sendero oculto
languidecen, no más que haciendo algo de bulto,
a la espectral espera de una revelación
los virulentos monstruos de mi imaginación.
Una imaginación legionaria, española,
de capa parda y basta, de amplia bata de cola,
con voz de cupletista sin gramo de ironía,
una imaginación como una vieja tía.
Que ella me dé el consuelo que este claustro me niega,
que me pase la mano por el lomo con friegas
dulces y confortantes, poco más pediría
que arome con perfumes esta melancolía,
que esta piel que es ya costra con sus jugos enjuague
inadvertidamente... Y que Dios se lo pague.
(1995) |